APORTE DE LA IGLESIA LA MUERTE DIGNA

13/05/2012 | Publicado por: Omar França | Categoría: Iglesia e Historia

APORTE DE LA IGLESIA LA MUERTE DIGNA
Por Pbro. Dr. Omar França

Me propongo exponer el aporte de la Iglesia a la muerte digna, tratando de sintetizar dicho aporte en cuatro aspectos.

La Iglesia contribuye -positivamente- a la muerte digna porque tiene:

1. una antropología amigable de la muerte.
2. un sentido positivo del dolor.
3. una empatía cálida con todo sufriente.
4. un profundo respeto por la integridad del otro.

Intentaré desarrollar cada uno de estos aspectos que identifico como los grandes aportes de la Iglesia, no sólo a nivel nacional, sino en el mundo entero.

I. LA IGLESIA APORTA UNA ANTROPOLOGÍA AMIGABLE SOBRE LA MUERTE.

Podríamos sintetizar en cuatro “sentidos” metafísico-antropológicos de la muerte los que se han ido elaborando a lo largo de la historia y de la evolución de las culturas. La Iglesia se inserta y aporta el cuarto de los sentidos que ahora desarrollo.

En un primer sentido, la muerte es un instrumento que sirve para la “autoexpresión del ‘yo’” por medio de la autodestrucción del individuo. En ese sentido la muerte es un instrumento para manifestar las ideas políticas o ideológicas de los que hacen huelga de hambre, para reivindicar el honor (en el caso de los samuráis) o ser -incluso- una oportunidad para la inmolación voluntaria de los terroristas. En todas esas formas de morir, la muerte es una forma de expresión subjetiva de las ideas y convicciones del individuo utilizando como medio la autodestrucción corporal. Es expresión, pero destructiva del yo. No es esta la antropología católica.

Hay un segundo sentido antropológico de la muerte que podríamos identificar como la muerte-alienación inevitable e irreversible del ‘yo’. En esta antropología mortis el ‘yo’ no persiste en sí mismo, sino que permanece solo en el recuerdo de los seres queridos. O, también, podría suceder (como dice el budismo) que el yo se diluya o fusione con el todo, con el cosmos, o se reencarne en otro “yo”, abandonando su identidad original. En este segundo sentido la muerte resulta ser una alienación del yo.

Hay un tercer sentido que es la muerte como derrota de todo proyecto, y ahí aparece el suicidio como opción final. El suicidio es vivido como terminación de una vida sin sentido y por lo tanto la muerte es el fin de una vida vacía y cerrada a todo proyecto positivo.

Y hay un cuarto sentido básico antropológico: la muerte es experimentada como liberación trascendente del yo. Esta es la concepción antropológica del cristianismo, donde aparece claramente la idea de la inmortalidad y la resurrección de los cuerpos y almas.

Al amparo de este cuarto sentido, la Iglesia cristiana brinda a sus creyentes la perspectiva de mirar de frente a la muerte porque tiene una visión positiva de ella; no la evade sino la acepta. Como dice el poeta Jorge Manrique:

“yo consiento en mi morir con voluntad placentera, clara y pura, que querer hombre morir cuando Dios quiere que muera, es locura”.

O como dice Francisco de Quevedo, también un escritor profundamente cristiano:
“conviene vivir considerando que se ha de morir, la muerte siempre es buena. Parece mala porque es malo, a veces, el que muere”

O Cervantes cuando afirma:
“porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir así, sin más. La muerte hay que asumirla, hay que tomar consciencia de la muerte, no morir anestesiado”.

En la célebre Capilla de los Huesos, (Capela dos Ossos), en Portugal, todas las paredes está recubiertas por restos mortales humanos reales (fémures, tibias, calaveras, costillas, etc). ¿Por qué esa forma de decoración tan sorprendente? Porque los restos mortales son el recuerdo de que ahí no está todo, sino que hay otra vida. La vida para esta capilla medieval es un trascender, una resurrección. Los huesos son solo los “restos mortales” pero no son “el yo” que está en otro ámbito, a la espera del juicio final definitivo y la resurrección de cuerpos/almas..

En el mismo sentido San Francisco de Asís, se refiere a la muerte como “hermana muerte” no como a la “enemiga” del hombre.

Para las antropologías no creyentes la muerte suele implicar aniquilación del sentido y de la permanencia. Por eso hay que retrasarla o vencerla. En ese sentido la Medicina se convierte en el gran instrumento de querer vencer la muerte (véase viñeta de Quino donde el médico todopoderoso “pisa” a la muerte y alza su bisturí victorioso). Pero la muerte no se puede vencer, hay que asumirla, hay que enfrentarla; la muerte viene sin que la busquemos.

Ante la pretensión todopoderosa de la Medicina, que parece no tener límites, se alza la humildad de la concepción antropológica cristiana. Dice la encíclica Evangelium Vitae, del Papa Juan Pablo II:

De ella debe distinguirse la decisión de renunciar al llamado ensañamiento terapéutico, o sea, ciertas intervenciones médicas ya no adecuadas a la situación real del enfermo por ser desproporcionadas a los resultados que se podrían esperar, o bien por ser demasiado gravosas para él y para su familia. En estas situaciones, cuando la muerte se prevé inminente e inevitable, se puede en consciencia, renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpirse, sin embargo, las curas normales de vida hacia el enfermo en casos similares. Ciertamente existe la obligación moral de curarse y hacerse curar, pero esta obligación se debe valorar según las situaciones concretas; es decir, hay que examinar si los medios terapéuticos a disposición son objetivamente proporcionados a las perspectivas de mejoría. La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante al muerte”. (Evangelium Vitae 65)

En consecuencia, la muerte debe ser “asumida” hay que aceptarla, la muerte viene; no se aniquila, no se la puede negar ni vencer.

Las antropologías no creyentes, en cambio, consideran que el hombre se acerca irreversiblemente a la muerte como quien se desliza en una cuesta en bajada a un abismo. O como dice Quino, en otra viñeta: “por terrible que sea, quiero saber doctor, ¿Ser un ser humano es una enfermedad incurable?”

Por el contrario, Santa Teresa de Jesús, se expresa en términos completamente diferentes respecto de la muerte:

“cuán triste Dios mío la vida sin ti, ansiosa de verte deseo morir,
¡Oh muerte benigna, socorre mis penas, tus golpes son dichas que el alma liberta!
¡Qué dicha oh mi amado, estar junto a ti! Ansiosa de verte deseo morir.
¿Quién es el que teme la muerte del cuerpo si con ella logra un placer inmenso? Oh sí, el de amarte Dios mío sin fin. Ansiosa de verte, deseo morir”.

Para Santa Teresa y la antropología católica y cristiana en general, la muerte no es enemiga, sino amiga. A San Luis Gonzaga, el patrono de la juventud, le preguntaron en una ocasión, ¿qué harías tú si sabes que en 15 minutos vas a morir? San Luis Gonzaga contestó: “Seguiría jugando”.

Él estaba preparado. Así es la disposición interior del hombre cristiano que se prepara ante la muerte.

En ese sentido son muy claras las recomendaciones con respecto a la preparación a la muerte que hace el Catecismo de Lima, en 1583, (el catecismo que sirvió para evangelizar toda América Latina por ser la base sobre la que se elaboraron los demás catecismos en lenguas nativas de América). Estas orientaciones pastorales fueron expuestas a fin de que los misioneros preparasen a los indígenas para el momento de la muerte. Y dirigiéndose al moribundo recomiendan a los sacerdotes usar palabras paternales como estas:

“hermano mío, nuestro Señor Jesucristo sea con tu alma y la salve de tus enemigos en esta hora. Ahora es tiempo de que te acuerdes de Dios y le llames en tu corazón para que te ayude. Ya ves como tus parientes y amigos no te pueden librar de la muerte ni te aprovechan ya las cosas de este mundo, pero mira a tu Dios, llámale con todo tu corazón, que él es el verdadero padre, tu hacedor, y te quiere salvar y llevar a aquella vida del cielo donde tendrás perpetuo descanso y alegría, y si tu te encomiendas a Jesucristo y le llamas con todo tu corazón, teniendo grande arrepentimiento de los pecados que has hecho y propósito de que si te diese más larga vida le servirías y vivirías bien, llama a Jesucristo hermano mío, que es tu Dios hermano, y dile…”

Y si vamos a la parte “civilizada” del mundo, podemos oír el testimonio de Mozart, un compositor profundamente cristiano, que en su Misa de Requiem, expresa algunas frases que trasmiten la misma experiencia amigable de la muerte que veíamos en Santa Teresa y el Catecismo de Lima:
“Recuerda misericordioso Jesús que yo soy razón de tu vida”
Y Mozart impetra a Jesús:
“no me destruyas en el momento de mi muerte. Buscándome a mí, tu, Jesús, sufriste el agotamiento y me redimiste. No dejes que esa labor resulte en vano”.

2. LA IGLESIA APORTA UN SENTIDO POSITIVO DEL DOLOR

También en lo que se refiere al dolor podríamos sintetizar que hay tres concepciones que buscan ser una respuesta respecto al sentido del sufrimiento. Y una de ellas es típica del cristianismo.

Un primera concepción del dolor lo experimenta como “des-orden” y es típica de la filosofía griega: todo dolor es causado por la existencia de una causa que “des-ordena” la naturaleza. Si conseguimos “ordenar” el desorden, eliminamos el dolor. En el seno de esta concepción la Medicina aparece, como el gran instrumento para “poner orden” en lo desordenado. Pero, evidentemente, cuando se acaban las posibilidades médicas de reorganizar el desorden del cuerpo, se acaban para el individuo las posibilidades de encontrar sentido al dolor, suprimiendo la degradación física..

Hay una segunda concepción del sentido del dolor que podríamos identificar como “romántica”. Para esta tradición antropológica, el dolor es una des-dicha y es incompatible con la felicidad: o hay dicha o hay dolor; si hay dolor no hay dicha, pero no puede haber una cosa y la otra al mismo tiempo.

Ni la primera ni la segunda concepción del dolor son las que se acunan en el cristianismo.

La tercera concepción antropológica del dolor es la que considera que todo dolor es una eu-patía. En otras palabras, todo dolor es una oportunidad para “sufrir bien”; es una ocasión para la purificación del alma y alcanzar otros muchos bienes. En consecuencia, no es incompatible ni con la dicha ni con la salvación.

Dice así el Evangelio:
“Vieron pasar a un ciego de nacimiento y un discípulo preguntó: maestro, ¿quién pecó él o sus padres? y Jesús le contestó, ni él pecó, ni sus padres. Su enfermedad es para que se manifiesten en él las obras de Dios. (Juan 9, 1-3)

Queda expresada en esa frase de Jesús que el sufrimiento es la oportunidad para una manifestación benevolente de la voluntad de Dios: el dolor es una ocasión para el bien, no para destruir al hombre.

Valle Inclán, un poeta muy cristiano, lo expresa de esta manera:

“Es la tristeza, divina herencia, corazón triste buen corazón, sólo dolores labran consciencia.
La gente que no sabe, la que no ha sufrido nunca no tiene consciencia. Dolor es la ciencia de Salomón.

Para Valle Inclán, el dolor es sabiduría, produce sabiduría no aniquilación o sin sentido.

En la Encíclica Evangelium Vitae el papa Juan Pablo II, dice:
“el ambiente cultural actual no ve en el sufrimiento ningún significado o valor, es más, lo considera el mal por excelencia, que debe eliminar a toda costa. Esto acontece especialmente cuando no se tiene una visión religiosa que ayude a comprender positivamente el misterio del dolor”, (EV.6)
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Y Juan Sebastián Bach, que es un compositor profundamente cristiano, dirigiéndose a Jesús lo expresa en una de sus célebres “Pasiones”:
“Has soportado todos nuestros pecados, sin ti habríamos desesperado. (Pasión Según San Mateo)

Para Juan Sebastián Bach Cristo es el que da sentido a la desesperanza que trae el sufrimiento.

Observen en el cuadro de Matthías Grünewald al Cristo desgarrado, con brazos y manos retorcidas, el vientre convulsivando, las piernas y pies acalambrados y en tensión muscular extrema. Este cuadro de Matthias Grünewald, de 1607, es el que contemplaban los enfermos que estaban intoxicados por el hongo del cornezuelo del centeno. Se llama ergotismo y es una enfermedad que produce calambres atroces y convulsiones -sobre todo en los sectores distales- así como necrosis en las manos y dedos. Muchos enfermos morían como consecuencia de esos dolores tremendos, sufriendo angustiosamente; y los que se salvaban frecuentemente perdían pedazos de dedos. Matthias Grünewald pinta a Cristo como sufriendo ergotismo para poner ante de los ojos de los enfermos de ergotismo al Hijo de Dios que sufre igual que ellos. Así, el dolor de Cristo convulsivando en la cruz da sentido al dolor de los enfermos que mueren con esos calambres agobiantes del ergotismo, mientras son atendidos cristianamente por los monjes de San Antonio en Isenheim, Alemania.

Más aún, podemos decir que el dolor para el cristiano es la señal de identidad del verdadero discípulo. El auténtico discípulo es el que asume el dolor. Pedro confesó que Cristo era el Mesías, el hijo de Dios vivo, pero después le regañó a Jesucristo que quisiera dirigirse a Jerusalén. Ante ese reproche de Pedro, Cristo le replica: “Vete de aquí Satanás, ponte detrás de mí” . Es que la fe de Pedro era todavía incompleta; quería ver a Cristo resucitado y glorioso, pero se negaba a aceptar la posibilidad del sufrimiento de su Maestro. A Pedro todavía le faltaba el aprendizaje de la auténtica fe en Cristo apasionado en la Cruz.

En Cristo, como Hijo, su aceptación del sufrimiento que le sobrevendría en Jerusalén es condición para su comunión amorosa con el Padre. Cristo no puede experimentar la comunión amorosa con el Padre, si no asume también ese sufrimiento hasta el final y sus últimas consecuencias, a fin de que el Padre pueda manifestar su infinita potencia de rescate del mal humano, resucitando a su Hijo. Se podría decir que su identidad como Hijo incluye “necesariamente” el sufrir, no lo excluye.

Y podría inferirse que en el caso de todo cristiano –como buen seguidor del Maestro- la pertenencia a Dios implica la aceptación de sufrir a causa de Cristo. No puede haber pertenencia a Cristo sin incluir el sufrimiento y sin sobrellevar la cruz en la vida.

En esta concepción de que no es posible vivir bien, sin sufrir bien (eu-patía) consiste el segundo aporte de la Iglesia a la antropología del sufrimiento. Es decir, la vivencia de que todo dolor encierra una potencialidad para abrir el corazón del sufriente a un sentido.

3. LA IGLESIA APORTA CALIDEZ Y CERCANIA AL MORIBUNDO

El tercer aporte de la Iglesia es brindar la calidez y la cercanía afectuosa ante todo sufriente humano. la Iglesia es la que institucionalizó la asistencia sanitaria en Occidente. Fue la que fundó los hospitales, los asilos, las leproserías, los orfanatos, los centros asistenciales para enfermos mentales. Y esto fue un aporte decisivo en el desarrollo de Occidente. La Iglesia aportó para el desarrollo de Occidente la convicción de que la solidaridad, es decir la calidad benevolente para con el prójimo, no era un deber moral solo para “los nuestros”, sino para cualquier ser humano necesitado, por el solo hecho de ser “humano”. Los paganos no pensaban así. La caridad para con cualquiera fue un aporte del cristianismo a la solidaridad humana que fue adoptada –posteriormente- por la humanidad. Hoy estamos acostumbrados a la noción de la solidaridad, pero la misma idea de que debemos ser “solidum” con todo ser humano, cualquiera sea su condición, es un aporte del cristianismo. No es por casualidad que la principal institución caritativa “laica” de la humanidad se llame “cruz” roja.

Y “¿quiénes son esos?” se preguntaba un soldado pagano romano a comienzos del siglo IV. Aquel militar observó cómo algunos ciudadanos de Roma ofrecían comida a los hambrientos extranjeros, sin discriminación de ninguna clase. Intrigado el militar preguntó quiénes eran esos que ayudaban desinteresadamente y le contestaron que eran “cristianos”. ¿Qué clase de religión es ésa que inspira tales actos de generosidad y humanismo? -se preguntó el soldado romano. Ese militar era Pacomio, que se convirtió al cristianismo, y luego se transformó, -nada menos- que en el fundador del Monacato occidental. Ahora lo veneramos como San Pacomio, cuya fiesta se celebra todos los 14 de mayo.

En esta tradición de amor al otro, por ser “otro”, San Basilio de Cesarea (he tenido la ocasión de visitar la zona de Basilio de Cesarea, en Capadocia) funda la llamada “ciudad hospitalaria”, en Cesarea en el año 370. Con este padre capadocio se abre una institución donde los enfermos eran tratados por médicos y enfermeras. El modelo de ciudad hospitalaria de San Basilio es reproducido en Constantinopla, luego en Jerusalén y de Jerusalén pasa al resto de Europa. En el monolito de la fotografía adjunta se identifica el lugar de Jerusalén donde estuvo emplazado el famosísimo hospital de San Juan que se convirtió en modelo de todos los hospitales de Europa, puesto que a la ciudad Santa acudían peregrinos cristianos de todos los países. Fue fundado por Los Caballeros de San Juan. Pero no solo los Caballeros de San Juan (actual Orden de Malta) se dedicaron a fundar hospitales en Europa. Numerosas órdenes militares y hospitalarias siguieron la misma opción y un ejemplo paradigmático es la Orden Teutónica, que llegó a tener 1000 hospitales en Europa, ¡1000 hospitales! También hemos de incluir en esta tradición a los templarios y numerosas órdenes militares y de caballería.

Y se puede afirmar sin lugar a dudas que obispos y canónicos fundaron hospitales en toda la extensión de Europa en una larga tradición que va desde San Basilio, pasa todo el Medioevo y entra en la Edad Moderna. Entre los primeros que se fundaron podemos citar al de Roma (siglo IV), al de Hostia (hacia el siglo IV o siglo V), o al Hotel Dieu de París (que todavía existe) fundado por el Obispo de París en el 641.

Pero no solamente los hospitales, también los orfanatos, leproserías, casas de viudas, asilos para los enfermos mentales, son instituciones fundadas por la Iglesia y constituyen un eminente aporte al desarrollo de occidente. Puede decirse que, para quienes buscaban la verdad, la Iglesia fundó las Universidades, para los que necesitaban atención sanitaria, la iglesia funda los hospitales. Y esas dos instituciones generadas y mantenidas por la Iglesia han sido claves y decisivas para el desarrollo de la humanidad en occidente.
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Con respecto al Uruguay debemos recordar que en 1775 el padre Ortega y Esquivel (cura de la Matriz) funda la hermandad de Caridad que fue la responsable de gestar el Santo Hospital de Caridad –llamado Hospital Maciel a partir de 1811-. El padre Mateo Vidal es fundador y promotor del Hospital de Caridad. El Padre Francisco Larrobla es de los primeros en plantear la necesidad de hacer hospitales en Montevideo.

Pero no solamente los hospitales, podría decirse que el actual INAU fue fundado por el Padre Dámaso Antonio Larrañaga, puesto que es el que instituye la “Casa de recogidos” o “Casa de huérfanos”. A ese centro llega en 1818 el primer niño expósito o huérfano.

Los cuidados caritativos en esta visión caritativa y cálida para con el sufriente no es novedad para la tradición de la Iglesia como acabamos de ver, pero el Papa Juan Pablo II lo expresa en estos términos,
• “en la medicina moderna van teniendo auge los llamados « cuidados paliativos », destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un acompañamiento humano adecuado. En este contexto aparece, entre otros, el problema de la licitud del recurso a los diversos tipos de analgésicos y sedantes para aliviar el dolor del enfermo, cuando esto comporta el riesgo de acortarle la vida. En efecto, si puede ser digno de elogio quien acepta voluntariamente sufrir renunciando a tratamientos contra el dolor para conservar la plena lucidez y participar, si es creyente, de manera consciente en la pasión del Señor, tal comportamiento « heroico » no debe considerarse obligatorio para todos. Ya Pío XII afirmó que es lícito suprimir el dolor por medio de narcóticos, a pesar de tener como consecuencia limitar la conciencia y abreviar la vida, « si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales ».79 En efecto, en este caso no se quiere ni se busca la muerte, aunque por motivos razonables se corra ese riesgo. Simplemente se pretende mitigar el dolor de manera eficaz, recurriendo a los analgésicos puestos a disposición por la medicina. Sin embargo, « no es lícito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave motivo »: 80 acercándose a la muerte, los hombres deben estar en condiciones de poder cumplir sus obligaciones morales y familiares y, sobre todo, deben poderse preparar con plena conciencia al encuentro definitivo con Dios. Juan Pablo II EV65

Con razón decía Cervantes: “dejarse morir así, sin más, sin saber, eso es indigno del hombre”.

4. LA IGLESIA APORTA RESPETO INCONDICIONAL POR LA VIDA DE CADA SER HUMANO

El cuarto aporte de la Iglesia a la muerte digna es su respeto incondicional por la integridad de todo individuo de la especie humana. En ese sentido podemos afirmar y comprobar que la Iglesia tiene una valoración excelsa de que todos los hombres somos iguales en dignidad. No es por casualidad que el primero que acuña la palabra: “dignidad” del hombre es un teólogo católico: Pico della Mirandola, en el siglo XV,

Es coherente con esa tradición, enraizada en la misma fe en la creación del hombre por parte de Dios, que la encíclica Evengelium Vitae diga:
“en consecuencia nadie tiene libertad alguna para disponer de la vida de otro, de igual naturaleza.

Y esta afirmación es decisiva en lo que concierne a la muerte digna.

Dice Juan Pablo II en la encíclica Evangelium Vitae, que

• Cada ser humano inocente es absolutamente igual a todos los demás en el derecho a la vida. Esta igualdad es la base de toda auténtica relación social que, para ser verdadera, debe fundamentarse sobre la verdad y la justicia, reconociendo y tutelando a cada hombre y a cada mujer como persona y no como una cosa de la que se puede disponer. Ante la norma moral que prohíbe la eliminación directa de un ser humano inocente « no hay privilegios ni excepciones para nadie. No hay ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el último de los miserables de la tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente iguales “ JP II EV 57

Por eso es lógico que para el cristianismo, y para la Iglesia católica en particular:

“nadie en ninguna circunstancia puede atribuirse el derecho de matar en modo directo a un ser humano inocente” (EV 53)

En consecuencia
“La eutanasia, como eliminación deliberada de una persona humana, es una grave violación de la ley de Dios”

Y en la misma encíclica el Papa Juan Pablo II define

“la Iglesia es el pueblo de la vida y para la vida”.

Así caracteriza el papa la identidad de la Iglesia, ¡qué hermosa definición de la misión de la comunidad universal que defiende la vida humana como sagrada e inviolable en todas sus fases y situaciones! Por consiguiente, se trata,

“de hacerse cargo de toda la vida y de la vida de todos”.

Obviamente, una civilización que cuenta con una institución –como la iglesia- capaz de hacer valer esto en toda circunstancia, es una sociedad que puede sentirse segura.

EN CONCLUSION

Podríamos sintetizar los aportes hechos por la Iglesia Católica a una muerte digna con las siguientes conclusiones:

Primero: la Iglesia se sitúa ante la muerte desde un anhelo esperanzado de liberación definitiva de la persona, no de aniquilación o desintegración del yo, sino de sublimación del yo.

Segundo: la Iglesia ofrece una vía para padecer bien, una eupatía de todos los dolores; camino de purificación y santificación..

Tercero: la Iglesia aporta a la humanidad al abrir sus entrañas asistenciales para que todo sufriente muera en las manos de un hermano. Ni ensañamiento terapéutico ni dolor innecesario.

En cuarto lugar: la Iglesia exige un respeto absoluto de la vida de cada uno y de todos los seres humanos; ni antes ni después que Dios permita la muerte.

Y en quinto lugar: la Iglesia se constituye a sí misma en el pueblo guardián de toda vida y de todas las vidas.

En este momento la Iglesia atiende en el mundo 5.304 hospitales, en todo el mundo. La Iglesia se hace cargo en este momento de 16.624 policlínicas o dispensarios públicos. La Iglesia administra 740 leproserías en el mundo, y atiende el 25% de los enfermos de SIDA de la tierra.. La Iglesia tiene en este momento 14.537 hogares de minusválidos y de ancianos, y tiene 8.862 orfanatos. El pueblo de la vida y para la vida no solo teoriza sobre cómo enfrentar una muerte digna, sino que concreta su praxis en instituciones donde se sostiene todo dolor con esperanza y donde se espera la muerte con dignidad. Gracias por escucharme y al Dios de la vida los encomiendo.

P.Dr.Omar Franca
Director Cátedra Eticas Aplicadas
Universidad Católica del Uruguay


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