EX DIRECTORA DE UNA CLINICA DE ABORTOS RENUNCIA

15/10/2012 | Publicado por: Omar França | Categoría: Vida y Salud

EX DIRECTORA DE UNA CLINICA DE ABORTOS RENUNCIA Y SE VUELVE DEFENSORA DE LA VIDA

Abby Johnson ex directora de una clínica abortista de Planned Parenthood, confiesa como se dio cuenta de lo que estaba haciendo
y en setiembre de 2009 se apartó definitivamente de la práctica del aborto. Desde entonces se convirtió en una férrea y valiente opositora. ¡Nunca más! ¡Nunca más! Se dijo. Lo que sigue a continuación es su extraordinario y transparente testimonio.


“Chreryl metió su cabeza en mi oficina: “Abby, necesitan una persona extra en la sala de operaciones. Estas libre?”
Levanté mis ojos de mis apuntes, sorprendida “¡Claro!”. A pesar que yo llevaba trabajando ocho años con Planned Parenthood (una ONG internacional que se dedica a promover el aborto y el control de la población) nunca me habían llamado a ayudar al equipo médico durante un aborto. Y no tenía idea por qué me necesitaban ahora. Las nurses eran las únicas que asistían abortos. Nadie más del equipo de la clínica.

Como directora de esta clínica en Bryan –Texas (filial de Planned Parenthood) era capaz de sustituir a cualquiera en un aprieto, excepto, por supuesto, sustituir a los médicos o nurses en la realización de sus procedimientos.

En algunas ocasiones había acompañado a alguna de las pacientes (que iban a abortar) cuando ellas me lo requerían, pero solo como asesora que había trabajado con ellas en el tiempo previo.
El abortista visitante de ese día había estado en la clínica Bryan sólo dos o tres veces antes. El ejercía en una clínica privada que poseía a unas 100 millas de distancia. Cuando había hablado con él acerca del trabajo, varias semanas antes, el había explicado que en su clínica hacía abortos guiados por ecografía, que es el aborto que menos riesgos causa en la mujer. Esto es así porque el ecógrafo permite a los médicos, ver exactamente lo que está aconteciendo dentro de la cavidad uterina y en la pared del útero, que es uno de los mayores riesgos del aborto. Todo lo que se puede hacer para la seguridad y salud de la mujer, ¡tanto mejor!, según mi opinión.
Sin embargo, le había explicado al médico abortista que esta práctica no era la protocolizada en nuestra clínica, a pesar de que estábamos de acuerdo en que él se sintiera libre de usar la ecografía si consideraba que una determinada situación lo ameritaba.

Según mi conocimiento nunca habíamos brindado abortos guiados por ecografía en nuestra clínica. Nosotros hacíamos abortos todos los sábados y la meta de nuestra filial de Planned Parenthood era hacer 25 o 35 abortos por sábado.

A nosotros nos gustaba terminar a las 2 de la tarde. Nuestro procedimiento típico requería en torno a 10 minutos. Y si se utilizaba ecografía aumentaba 5 minutos a cada aborto. Cuando reservábamos lugar para 35 abortos en la mañana del sábado, 5 minutos extras implicaba modificar el cronograma.

Tuve un momento de resistencia fuera de la salda de abortos. Nunca me gustaba entrar en la sala durante un aborto; nunca me agradaba lo que pasaba detrás de esa puerta. Pero dado que tenemos que estar dispuestos a sustituir cuando alguien falta y hacer que se lleva a cabo el trabajo, empujé la puerta y entré.

La paciente ya estaba sedada; aunque consciente estaba groggy y la luz la iluminaba. Estaba en posición, los instrumentos estaban depositados pulcramente en la bandeja junto al médico y la nurse estaba colocando el aparato de ultrasonido (ecógrafo) junto a la mesa de operaciones.

“Voy a hacer un aborto guiado por ultrasonido a esta paciente y necesito que sostengas el puntero del aparato” dijo el médico.
Me dije a mí misma: “Yo tomo el puntero del ecógrafo en mi mano y ajusto la ubicación de la máquina, pero no quiero estar aquí y no tomo parte de un aborto” Necesitaba mentalizarme de esa manera respecto a lo que iba a hacer.
Respiré hondo y traté de centrarme en la música que sonaba de fondo en la radio.

“Es una buena experiencia de aprendizaje. Nunca vi un aborto guiado por ecógrafo antes” me dije. “Puede ser que esto me ayude a poder ayudar mejor cuando asesoro a las mujeres. Aprenderé de primera mano acerca de este procedimiento seguro. Además, solo serán unos pocos minutos”

No podía imaginar cómo los próximos 10 minutos removerían los fundamentos de mis valores y cambiarían mi vida.
Yo había llevado a cabo ya, diagnósticos de ecografía para mis pacientes. Esto era uno de los servicios que nosotros (en la clínica) ofrecíamos para confirmar los embarazos y estimar cuanto tiempo ya llevaban. La familiaridad en la preparación para las ecografías tranquilizó mi indisposición a entrar a la sala de operaciones.
Apliqué el lubricante al vientre de la paciente y maniobré el puntero del ecógrafo hasta que su útero pudo verse en la pantalla, junto con el feto.

Esperaba ver lo que había visto en otras ocasiones. Normalmente, dependiendo de la etapa del embarazo y cómo estaba colocado el feto, se veía primero una pierna, o la cabeza o la imagen parcial del torso. Y era necesario maniobrar un poco para captar mejor la imagen. Pero en esta ocasión la imagen ecográfica era completa y podía ver enteramente el perfil perfecto del bebé.

Justo como Grace (su hija) con 20 semanas, pensé sorprendida, recordando el primer vistazo que había dado a mi hija, tres años antes, acurrucada de forma segura en mi vientre.
La actual imagen ma pareció igual a la de mi hija, solo que más clara y precisa. El detalle me asombró. Podía ver claramente el perfil de la cabeza, ambos brazos, piernas y aún sus dedos de la mano y del pie. ¡Perfecto!

Y, más que rápido, la conmoción de la memoria vívida de Grace, fue remplazada con un pico de ansiedad. “¿Qué es lo que voy a ver?”. Mi estómago se tensó “No quiero ver lo que va a pasar”

Supongo que esto sonaba raro en una profesional que venía trabajando como directora de una clínica de Planned Parenthood desde hacía dos años, aconsejando mujeres en crisis, agendando abortos, revisando los informes presupuestales mensuales, contratando y entrenando equipos de trabajo. Pero, raro o no, el hecho simple es que nunca había estado interesada en promover el aborto. Había llegado a Planned Parenthood ocho años antes, creyendo que su propósito era, primariamente, prevenir embarazos no deseados; en consecuencia, reduciendo el número de abortos.
Ese había sido, ciertamente, mi objetivo. Y creía que Planned Parenthood salvaba vidas, las vidas de las mujeres que, sin los servicios proporcionados por la organización, podían resultar en una especie de callejón a una carnicería. Esto pasó rápido por mi mente mientras trataba de ubicar el puntero del ecógrafo y ponerlo en su lugar.

“Trece semanas” oí que dijo la nurse después de medir al feto y determinar su edad.

“Bien” dijo el médico, mirándome a mí. “Sólo mantenlo en el lugar durante el procedimiento, así puedo ver lo que hago”

El aire frío de la sala de operaciones me hacía sentir escalofrío. Mis ojos todavía prendidos de la imagen de aquél bebé perfectamente formado pudieron ver cómo una nueva imagen se hacía visible en la pantalla del ecógrafo. La cánula (la punta del instrumento que estaba al final del tubo que succiona al feto) había sido insertado en el útero y estaba cercano al costado del bebé. Parecía un invasor en la pantalla, fuera de lugar. Mal. Aquello parecía mal.

Mi corazón se aceleró. El tiempo se enlenteció. No quería mirar, pero tampoco quería dejar de mirar. No podía dejar de mirar. Estaba horrorizada pero fascinada al mismo tiempo como un boquiabierto que pasa por un horrendo accidente automovilístico tratando de no mirar los cuerpos mutilados de la calle pero viendo todo, al mismo tiempo.

Mis ojos se dirigieron a la cara de la paciente. Unas lágrimas brotaban de los bordes de sus ojos. Me di cuenta que sentía dolor. La nurse secó la cara de la chica con una gasa. “Solo respira” dijo la nurse. “Respira”. “Ya casi termina” le susurré yo. Quería estar centrada en ella pero mis ojos se dirigían a la imagen de la pantalla.

Al principio el bebé parecía no ser consciente de la cánula. Esta tocó suavemente el costado del bebé y por un instante sentí alivio. “Por supuesto” –pensé. “El feto no siente dolor”. Yo había asegurado incontables veces esta afirmación a las mujeres, tal como había aprendido con Plannned Parenthood. “El tejido fetal no siente nada cuando es removido” “¡Agárrate a eso! Abby. Esto es un simple y rápido procedimiento médico” Mi cabeza estaba trabajando a tope para controlar mis respuestas pero no podía negar una inquietud interior que rápidamente estaba llegando al horror, mientras miraba la pantalla del ecógrafo.

El siguiente movimiento fue un tirón repentino de un diminuto pie, a medida que el bebé empezó a patear tratando de zafar del puntero de la cánula aspiradora. A medida que la cánula aspiradora presionó al bebé, éste empezó a luchar para torcerse y zafar. Era claro que el feto podía sentir la cánula y no le gustaba lo que sentía. Entonces la voz del médico irrumpió repentinamente.

“Enciende Scotty “ (la nurse) dijo alegremente el médico, dirigiéndose a la nurse. Le decía que encendiera la aspiradora. En un aborto la aspiradora no se enciende hasta que el médico no tiene la seguridad que la punta de la cánula está en el lugar correcto.

Estuve a punto de gritar “Paren!” y dirigirme a la mujer y decirle:
“¡Mira lo que está pasando a tu bebé! ¡Despierta! ¡Rápido! ¡Detenlos!”.

Sin embargo, a pesar de estar pensando estas palabras miré a mis manos sosteniendo el puntero del ecógrafo. Yo era uno de “ellos” haciendo aquel acto. Mis ojos se dirigieron a la pantalla otra vez. La cánula aspiradora había sido rotada por el médico y ahora podía ver el diminuto cuerpo zarandeado violentamente. Por un instante miré como si el bebé hubiese sido retorcido como un trapo, estrujado y exprimido. Entonces el pequeño cuerpo se deshizo y empezó a desaparecer en la cánula, delante de mis ojos. Lo último que vi fue el diminuto y perfectamente formada espina dorsal, chupada por el tubo aspirador. Y entonces, todo desapareció. El útero estaba vacío, totalmente vacío.

Estaba congelada en algo increíble. Sin dar crédito a lo que veía, solté el puntero del ecógrafo. Este se deslizó de su barriga y quedó junto a su pierna. Podía sentir el latido de mi corazón, latiendo tan fuerte que pulsaba mi sien.

Traté de hacer una inspiración profunda, pero no pude ni inhalar ni exhalar. Traté de mirar la pantalla del ecógrafo, aún cuando ahora estaba oscura porque se había perdido la imagen y nada se registraba. Me sentía muy aturdida y temblorosa como para moverme. Me dí cuenta que el médico y la nurse conversaban entre sí mientras trabajaban. Y eso me sonaba distante, como un vago sonido de fondo, difícil de oír sobre el golpeteo de mi propia sangre en mis oídos.

La imagen del diminuto cuerpo destrozado y chupado se repetía en mi mente y, con él, la imagen de la primera ecografía de Grace (mi hija) que tenía aproximadamente el mismo tamaño. Y podría oír en mi memoria uno de los muchos argumentos que había tenido con mi marido Doug, respecto al aborto: “Cuando tú estabas embarazada de Grace, no era un feto, era un bebe” – me había dicho. “¡Tenía razón!” Lo que estaba en el vientre de aquella mujer un momento antes, estaba vivo. No era un tejido, solo células. Era un bebé humano luchando por la vida! Lo que había dicho a la gente por años, lo que creían y enseñaba y defendía, era una mentira.

Repentinamente me di cuenta que los ojos del médico y de la nurse estaban sobre mí. Esto me sacó de mis pensamientos. Me di cuenta del puntero del ecógrafo depositado en las piernas de la mujer, e intenté, torpemente, hacerlo volver a su lugar. Pero mis manos estaban temblando.

“Abby, ¿estás bien?” me preguntó el médico. Y los ojos de la nurse buscaron mi cara con preocupación.

“Sssi….estoy bien” Aun no tenía el puntero del ecógrafo correctamente puesto y ahora estaba preocupada porque el médico no podía ver el interior del útero. Con mi mano derecha mantenía el puntero y había dejado mi izquierda sobre el vientre caliente de la mujer. Miré su cara y vi más lágrimas y una mueca de dolor. Moví el puntero del ecógrafo y volví a capturar la imagen del útero, ahora vacío. Mis ojos recorrieron mis manos. Miré mis manos como si no fueran las mías.

“¡Cuanto más daños has hecho con estas manos a lo largo de estos ocho años?” –me pregunté “¡Cuántas vidas han sido eliminadas por su causa?” “No solo por mis manos sino por mis palabras” “¿Qué hubiera pasado si hubiera sabido la verdad y se las hubiera dicho a las mujeres?”

“¡Creía una mentira!” Había promovido ciertamente la “línea de la empresa” por mucho tiempo ¿Por qué? ¿Por qué no había buscado la verdad por mi misma? ¿Por qué había cerrado mis oídos a los argumentos que había oído? Oh Dios mío! ¿qué he hecho?”

Mis manos estaban aún sobre el vientre de la paciente y tenía la sensación que yo había sacado algo fuera de ella con aquella mano. La había robado. Y mi mano empezaba a herir. Sentí un real dolor físico. Y entonces, al costado de la cama, con mi mano sobre el lloroso vientre de la mujer, me vino este pensamiento desde lo más profundo de mi misma:

“¡Nunca más! ¡Nunca más!”

Apliqué las directivas. Una vez que la nurse limpió a la mujer puse el ecógrafo en su lugar. Desperté gentilmente a la mujer que estaba adormecida. La ayudé a sentar, la coloqué en la silla de ruedas y la llevé a la sala de recuperación. Le coloqué una sábana blanca que la cubriera. Como a muchos pacientes que había visto antes, seguía llorando con un obvio dolor físico y emocional. Hice lo que pude para hacerla sentir bien.

Diez minutos, puede ser que 15, a lo más, habían pasado desde que Cheryl me había pedido ayudar en la sala de operaciones. Y en aquellos minutos todo había cambiado. ¡Drásticamente! La imagen de aquel diminuto bebé zarandeado y luchando se repetía vívidamente en mi mente. Y la paciente. Me sentía muy culpable.
Había tomado algo precioso de ella. Y ella ni siquiera lo sabía.
¿Cómo había llegado esto a suceder? ¿Cómo había permitido que pasara? Había invertido mi carrera, mi corazón, a mí misma en Planned Parenthood porque asistía a las mujeres en crisis. Y ahora yo misma enfrentaba una gran crisis.

Mirando atrás aquel día de setiembre de 2009 caigo en la cuenta de cuan sabio es Dios de no revelarnos nuestro futuro. De haber sabido que me iba a encontrar en medio de un incendio, no me habría tenido coraje para seguir adelante. Pero como no lo sabía tampoco busqué tener coraje. Fue así que sigo buscando entender por qué me encuentro en este lugar, viviendo una mentira, esparciendo una mentira, hiriendo a las mujeres que creía ayudar. Y necesito desesperadamente saber qué debo hacer en adelante. Esta es mi historia.

Este relato es la traducción hecha (29-9-2012) por el P. Omar França al Capítulo 1 (The Ultrasound) del libro testimonial reciente de
Abby Johnson
Unplanned: The dramatic true story of a former Planned Parenthood lider’s. Colorado: Tyndale House Publ., 2010.


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